Rodrigo Garciarroyo

Nacido en México en 1976 Rodrigo Garciarroyo ha estado involucrado con la música y el escenario desde que era un niño. Desde muy joven estudió guitarra y hacía teatro. Mientras estudiaba arquitectura en la Universidad Iberoamericana, fundó el San Banquito Theatre Company. Posteriormente estudió música en los planos nacional y las Escuelas Superiores de Música en la Ciudad de México, donde conoció a quien ha sido su tutor, entrenador y amigo desde entonces, el pianista Mario Alberto Hernández.

RC.- ¿Donde naces Rodrigo…?

Nací en la Ciudad de México, pero a los dos años mi familia se mudó a Monterrey y fue ahí donde crecí. Después viví un par de años en León, Guanajuato, y regresé a México a los 21 años. Después viví por periodos cada vez más largos en Nueva York entre 2006 y 2010.

RC.- ¿Cuando inicias a la Escuela Nacional de Música…?

Empecé a estudiar en la Escuela Nacional de Música y en la Escuela Superior de Música en 2002, llevaba la carrera de canto en ambas escuelas al mismo tiempo. Están a unas diez cuadras la una de la otra, así que acomodaba mis horarios para poder ir de una a otra todo el día, todos los días. Fueron unos años de muchísimo trabajo, estudiaba de 7 a 7 y llegaba todavía a hacer tarea a la casa. Comía caminando entre una escuela y otra, y vivía en un estado de continua prisa. Supongo que sentía esa premura pues yo empecé a estudiar canto ya muy grande, a los 25 años. Estudié arquitectura antes, por eso decidí eso de estudiar la misma carrera en dos escuelas al mismo tiempo. Fue una etapa de duro trabajo, pero era muy feliz de estar haciendo lo que realmente amo hacer.

RC.- ¿Algún antecedente en tu familia de tenor…?

No, mi papá es arquitecto y mi mamá fue maestra. Mi familia materna es de empresarios y mi familia paterna es de científicos y pensadores. El oficio de la música nos era ajeno por completo, aunque siempre hubo música en la casa y mi papá amaba escuchar cantantes. Cuentan que mi abuelo materno se encerraba a escuchar ópera, pero él murió cuando yo era muy pequeñito así que no me tocó. Yo empecé a hacer teatro y danza en la primaria, y música en la secundaria. Estudié la preparatoria en el Tec de Monterrey, y ahí estuve en cuanto concierto, obra de teatro y comedia musical en la que pude. Tuve en esos años un grupo de música que se llamaba Querkum con quienes dimos algunos conciertos en cafés y bares, y con quienes ganamos el Festival de la Canción del Tec. Después, cuando entré a la Universidad Iberoamericana, hice poca música y mucho teatro. Fundé junto con Toño Alvear la compañía San Banquito Teatro en León y estuvimos en cartelera durante años. Dejé por completo la música y el teatro hacia finales de la carrera, pues era imposible hacer todo al mismo tiempo, pero al terminar, mi novia (ahora mi esposa), me llevó a tomar clases de canto como regalo de cumpleaños… poco nos imaginábamos que esa cuelga nos iba a cambiar la vida para siempre.

RC.- ¿Cómo ha participado en tu carrera el maestro Cesar Ulloa…?

César fue un maestro maravilloso, cuidadoso, amoroso y exigente. La relación que se genera entre un alumno de canto y su maestro es muy profunda, pues la voz es el alma. Uno trabaja cosas muy profundas y delicadas en la voz para convertirla en un instrumento potente y expresivo, seguro y confiable. Por mi circunstancia yo tuve el honor de trabajar con muchos maestros. César fue mi maestro de canto en SIVAM, pero después trabajé con Sherill Milnes en Israel y con Martina Arroyo, Joan Patanaude-Yarnell y Arthur Levy en Nueva York. Todos magníficos maestros, soy un cantante infinitamente privilegiado por haber podido trabajar con ellos. Sin embargo quien ha sido mi maestro más influyente no es maestro de canto, sino mi coach Mario Alberto Hernández. Con él he trabajado por más de diez años, desde que nos conocimos en la Escuela Superior y yo no sabía encontrar un do en una partitura, hasta esta misma tarde que tuve ensayo pues estoy montando con él todos los proyectos que tengo en puertas.

RC.- ¿Cuál ha sido para ti, tu mejor interpretación hasta hoy…?

Hmm… no lo sé, no creo poder decir una función que pueda llamar la mejor, pero recuerdo algunas noches maravillosas en las que todo pareció ir perfecto. Una de ellas fue un concierto en San Miguel de Allende hace un par de años, era mi cumpleaños además. Canté muy bien, hicimos música y el público y nosotros estábamos completamente conectados. Al final canté un par de encores, y el público me cantó a mí por mi cumpleaños, algo profundamente conmovedor. La gloria en el canto, sin embargo, es algo un poco escurridizo. Uno supone que al final de la función le han de aplaudir, incluso ovacionar, y aunque es una sensación maravillosa, no es inesperada. Una noche, sin embargo, fui a una cena en un restaurante después de cantar el Requiem de Verdi en el Lincoln Center de Nueva York, y canté a capela para los comensales que nos acompañaron. Debo haber cantado dos o tres piezas, todas ellas mexicanas. Cuando ya nos íbamos, y estaban cerrando el restaurante, me regresé pues estaba olvidando mi saco colgado en mi silla. Se me acercó nuestro mesero, quien era mexicano y ya se había cambiado a su ropa de calle, y me dijo que había sido un honor haberme atendido, que estaba muy conmovido de haber oído música de su tierra, y que les contaría a sus nietos que me había escuchado cantar una vez. Fue tan inesperado y tan sincero su comentario que nos abrazamos fuerte y le di las gracias sintiendo que mi trabajo era valioso y que el inmenso esfuerzo que supone ser un cantante de alto rendimiento vale la pena. La gloria en el canto, pues, es algo inefable; mientras me ovacionaron de pie en el Lincoln Center, a mí lo que me supo a gloria fue el abrazo de un mesero.

RC.- ¿La beca que obtuviste y te llevo a Israel, como marco tu carrera…?

Fue importantísimo ir a Israel. Por un lado el entrenamiento que tuve allá fue maravilloso y marcaría un parte aguas en mi carrera como estudiante. Por otro lado me abriría las puertas para ir a Nueva York y quedarme allá los siguientes cuatro años. En Israel conocí a muchos de los que serían mis maestros en esos siguientes años, pero también a mis colegas cantantes de alrededor del mundo. Es un grupo en realidad pequeño el del canto, y solemos cantar una y otra vez con los mismos de nuestra generación.

RC.- ¿Es necesario salir de México para triunfar…?

Sin duda sí. El entrenamiento en México es limitado y a menudo pobre, las oportunidades son poquitas y el mercado es muy chiquito. Para hacer carrera en el canto hay que estar muy bien entrenado y tener una serie de habilidades muy diversas que en México es difícil lograr. Algunas de esas habilidades son de carácter, y no tienen nada que ver con los maestros, sino con el hecho de vivir solo en un lugar lejano, en un idioma y una cultura ajenos, y mantener el foco, la disciplina y el entusiasmo.

Después se puede volver a México y hacer bonita carrera aquí, o tal vez teniendo a México como base y viajando a otras partes constantemente como me pasa a mí, pero empezar de cero aquí es muy difícil en mi opinión.

RC.- ¿Qué ventajas se logran cuando las Orquestas se comparten con las nuevas generaciones de tenores…?

Bueno, los cantantes estamos ávidos de que las orquestas nos inviten a trabajar, ya sea para hacer repertorio sinfónico como operático. Pero claro, hay poquitas orquestas en México, y menos aún que hagan ópera. Un cantante joven se encuentra con que las orquestas ya tienen a sus cantantes “predilectos”, que son quienes ya han cantado ahí antes y a quienes conocen por talento y profesionalismo. El objetivo de un joven cantante es meterse en ese mundo, darse a conocer como un cantante serio, profesional y artísticamente dotado para que las orquestas lo inviten una y otra vez a trabajar. Las orquestas, por su lado, necesitan cantantes que les gusten al público, pero también al director y a la orquesta misma. Cantantes que conmuevan también a los músicos y que no den problemas ni dentro ni fuera de la escena. Esto último es más difícil de lo que parece, porque con que haya una pequeña deficiencia vocal, musical o de carácter, todo se complica.

RC.- ¿Cómo logras compartir tu sentimiento con el público…?

Primero que nada me presento perfectamente bien preparado. Parecería que lo importante debiera ser lo emocional, pero si lo técnico, vocal, musical o de memoria está flojo, es materialmente imposible conectar con seguridad en las emociones que le dan forma a la interpretación. Hay que tener la pieza perfectamente preparada. Y una vez que la música, la voz, la memoria y la comprensión del personaje están en su sitio, entonces entro a escena y me entrego completamente. No me guardo ni un ápice para mí mismo. Soy para el personaje, para el público y para mis colegas en la escena y en el foso. Entonces puedes ver a una persona entera, representando a un personaje con el cuerpo, con la voz, con las entrañas, con la mirada, con la imaginación y conectarte con él. La emoción no la creo yo, la creamos entre todos, incluido el público, pero mi responsabilidad es construir medio puente, sólido y potente, de mi alma hacia las butacas.

RC.- ¿Que es un escenario para ti…?

Es mi casa y mi campo de juegos. Es el espejo donde sublimamos lo terrible y lo hermoso de nosotros como seres humanos. Es un campo fértil para sembrar un sueño con una mirada, con un gesto, y cosechar una tempestad de horrores o maravillas. El escenario es una tierra sagrada que pisoteamos y horadamos y apaleamos para formarnos a nosotros mismos. Es un altar, pero con la leyenda: juega, toca y aprende. Es pues, el fenómeno donde se da a la vez lo sagrado y pedestre, lo sublime y lo mundano de lo que estamos hechos los seres humanos… y si además es todo eso sobre una partitura de Verdi, Puccini, Mozart o Bernstein, pues es mucho más fácil triunfar en el esfuerzo.

RC.- ¿Cómo ha sido tu participación con la Orquesta Sinfónica de Ciudad Juárez…?

Ha sido fenomenal, estoy muy orgulloso de formar parte del milagro que supone la ópera en Ciudad Juárez. Una ciudad que ha visto de cerca los horrores más inenarrables y logra que broten flores del desierto. El esfuerzo que la OSUACJ y su director Carlos García Ruiz hacen para presentar en su ciudad tantos títulos de ópera como se presentan en Bellas Artes, es para escribirles una loa. La orquesta suena magníficamente, su teatro es una hermosura y hacer música con ellos y con los muchachos de la escuela de música que componen el coro y los comprimarios, es siempre un deleite y una lección de humildad y trabajo.

RC.- ¿Rodrigo, de que manera conquistas tanto Éxito…?

Caray, pues trabajando duro y con inteligencia, gracias a mi esposa adorada, mis amados amigos y mis admirados colegas sobre cuyos hombros estoy subido… y con una pizca de suerte aderezándolo todo. Manteniendo una disciplina de trabajo y un estándar de profesionalismo para resolver más problemas de los que causo. ¡Y neceando! Pues puedo pensar en mil oficios, mil otras actividades que uno podría hacer que son más fáciles que cantar ópera, donde uno podría tener éxito con un esfuerzo y una disciplina un poquito más relajados. Pero la satisfacción y el placer de cantar no lo cambiarían por nada de este mundo. Así que ni modo, este es mi oficio amado, y por duro y difícil que sea, yo seguiré neceando.

RC.- ¿Cómo calificas las composiciones de Lorena Orozco…?

Canté “Sala de Espera” el año pasado, compuesto por ella sobre un texto de Emilio Carballido. Una ópera divertidísima y conmovedora, con unos fragmentos de verdadero virtuosismo en la composición. Moderna, ágil, legible, dulce y hermosa… como Lorena misma. Fue una delicia trabajar su partitura y trabajar con ella. Lo volvería a hacer mil veces.

RC.- ¿Cual es tu próximo proyecto…?

Ahora me voy a cantar La Traviata a Colombia, con la Compañía Lírica de Antioquia, después regreso a cantar un concierto con Verónica Alexanderson en San Miguel de Allende, de inmediato me voy de gira a EEUU con Mario Alberto, mi pianista, y regreso a cantar La Bohème con la Sinfónica del Politécnico Nacional… eso en los siguientes dos meses y medio.

Es muchísimo trabajo, son horas interminables de estudio, ensayos y funciones, pero es el gran privilegio de mi vida; tener trabajo y poder vivir de cantar.

RC.- ¿Vendrás alguna vez a Piedras Negras…?

¡Con todo el gusto del mundo! Ya estuve allá hace unos años, fuimos a cantar la “Gala Operística de Verano”… creo que en 2007. Nos invitó Cornelio Cepeda, quien dirigía el Teatro Fernando Soler de Saltillo en ese entonces, e hicimos una gira por Coahuila con un repertorio de fragmentos de ópera. En Piedras Negras cantamos en el teatro del IMSS y fue muy lindo. En Sabinas cantamos en una iglesia que se llenó de tal modo que el público estaba escuchando el concierto desde afuera parando el tráfico. Fui muy feliz de viajar y cantar en Coahuila, regresaría encantado.

RC.- ¿Quien es Rodrigo Garciarroyo…?

Soy un emocionante, un pensador de lo inasible, un seductor de los sentidos y un esgrimista de la palabra. Soy un músico, actor y cantante que lo único que pide es la tierra fértil de un escenario, unos cómplices amorosos y comprometidos en él para sembrar todos juntos, y un público que venga a jugar con nosotros, que traiga sus emociones para que le broten en el teatro. Que el fenómeno de la ficción se de, una y otra vez, para sanar al hombre de sus penas mundanas y envenenarlo de buenas dudas.

 

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Publicado el agosto 29, 2012 en Música y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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